martes, 11 de diciembre de 2018

BREVE CATÁLOGO DE LECTURAS
¿Qué dicen los libros que leemos sobre nuestra concepción de la lectura? Un catálogo de los discursos alrededor de la lectura.
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Según una referencia poco clara, probablemente apócrifa, Samuel Taylor Coleridge definió cuatro tipos de lector:
El lector esponja: que absorbe todo lo que ha leído y lo devuelve casi en el mismo estado, aunque un poco más sucio.
El lector reloj de arena: que no retiene nada de lo que ha leído pero sigue leyendo para pasar el tiempo.
El lector filtro: que deja ir lo valioso y apenas retiene el sedimento de lo que lee.
El lector Golconda: o lector diamante, en otras versiones –porque se refiere a la ciudad de la India alguna vez famosa por sus minas–, que criba y aprovecha lo que lee y hace posible que otros también lo aprovechen.
No es la única clasificación que existe –ahí están Cortázar y Macedonio como dos ejemplos famosos en nuestro continente– pero en los cuatro casos se habla de la lectura como una actividad individual, sólo el último, el “positivo”, la concibe con un factor de interacción social. Sucede que hablar de la lectura implica también una reflexión sobre los discursos alrededor de ella, muchas veces más importantes que la actividad misma a la hora de intentar un proyecto de fomento o promoción.

Por ejemplo, cuando se conmemoró el nacimiento del escritor cubano Reynaldo Arenas, circuló en las redes sociales una frase que citaban como suya:
“Hay gente que porque sabe leer y escribir cree que sabe leer y escribir”
Lo que recuerda una frase del filósofo alemán Hans-Georg Gadamer:
“Leer no es deletrear”
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Si obviamos el tono de superioridad, en las dos citas está la idea de que la lectura es un proceso dinámico y complejo en el que intervienen muchos más factores que el solo hecho de descodificar símbolos. Leer también implica una postura hacia el mundo que se expresa, la mayor parte de las veces, de manera inconsciente y normativa.
Por eso quizá valdría la pena hacer una relación de algunos tipos de discurso que afectan nuestra concepción de la lectura.

La lectura canónica: que privilegia las obras “clásicas” como única fuente legítima de placer y aprovechamiento.

La lectura extemporánea: que desconfía de la moda y confía en el paso del tiempo como único criterio para leer esos libros que fueron famosos hace un tiempo. Supone un tipo extraño de superioridad: que para estar por delante de los otros hay que situarse siempre atrás.

La lectura de novedades: calificada por los soldados de las categorías anteriores como “lectura a pie”, poco entrenada, asociada con el mercado y el placer fatuo. 

La no-lectura: es la más ingenua de todas. Convertida en declaración de principios, defiende de manera orgullosa el hecho de no haber leído, o de no querer leer, obras que se consideran ajenas a los propios principios por motivos estéticos o políticos.

La lectura imperativa: disfrazada de sugerencia, termina siempre sonando a obligación. Insiste en que algo debe leerse sin ofrecer razones, relaciones o justificaciones de por medio.

La lectura literaria: que concibe la lectura únicamente como una actividad de placer. Según este discurso, para leer es necesario estar frente a un texto de ficción. Todo lo demás, la lectura informativa por ejemplo, no existe.

La lectura machista: impuesta por criterios editoriales, nos impide reflexionar acerca de las razones por las que existe un desequilibrio evidente entre hombres y mujeres publicadas.

La lectura crítica: quizá la más difícil de definir. Está presente en las reseñas y en las publicaciones académicas, pero también cuando alguien expresa una opinión fundamentada de lo que ha leído. Es el tipo de lectura que más polémicas y enemistades provoca por el simple hecho de que a la gente le gusta tener razón, o suponer que la tiene.

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